MANIFIESTO DEL EMPRESARIO PYME ARGENTINO.

Por Martín A. Castellet

Durante todos estos días, y como consecuencia de la media sanción que la Reforma Laboral obtuvo en la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación, proliferaron una serie de reels, posteos, tuits y manifestaciones en diversos medios de comunicación, influencers, profesionales del derecho y personas que no están estrictamente vinculadas al mundo jurídico demonizando a la reforma laboral en ciernes, y esgrimiendo – con todo su derecho de opinar, por supuesto – argumentos o posiciones desfavorables a la misma en una clara defensa de los derechos de los trabajadores, que, por cierto, no se cuestionan ni discuten.

Y en esa demonización se señala a los empresarios como beneficiarios y verdaderos triunfadores de esta decisión legislativa en detrimento de los derechos de los trabajadores, haciéndolos, por poco, responsables del empobrecimiento de los jubilados, entre otros aspectos.

Y pensando al respecto, me planté por un momento y me pregunté a mí mismo: ¿pero nadie levanta la bandera del empresario pyme local? ¿Quién sale hablar y posicionarse en favor del empresario pyme local con tanta exposición y vehemencia mediática y de redes como se hace con relación a los intereses de los trabajadores?

Y continué preguntándome ¿Las empresas pymes no constituyen la fuente de empleo más importante de nuestro país? ¿No hay personas que se fueron formando y desarrollando profesional, intelectual y económicamente en las empresas? ¿No hubieron otras que se jubilaron con orgullo de pertenencia en las empresas luego de muchos años de desempeño? ¿No han sido los trabajadores que con su desempeño laboral han logrado el desarrollo profesional de sus hijos, brindándoles la mejor educación posible?

Me parece que, más allá de los aciertos y desaciertos que efectivamente puede atribuirse a la reforma, muchos de los que públicamente salen hacer una crítica de la misma lo hacen claramente y solamente desde una ideología política y muchas veces con intenciones de confundir.

Se objetan nuevas instituciones (tales como el banco de horas, el nuevo régimen de vacaciones, y demás) como queriéndonos retrotraer al paradigma instalado en la Ley de Contrato de Trabajo del año 1974; un paradigma mediante el cual se asimila al trabajador – por poco – a un ser oprimido, subordinado y condicionado al designio autoritario del empresario o su empleador.

Hoy veo y percibo que – en muchos medios y con esa misma impronta ideológica – se observa e interpreta públicamente la ley de reforma laboral estigmatizando la figura del empresario.

Y en ese sentido, pareciera ser que el empresario no sufre, no padece, y, tampoco, perece.

Pareciera ser que nos olvidamos del rol social que además ejercen las empresas argentinas en las que, muchas, pero muchas veces – y me consta -, sus dueños van más allá de 2 su rol de empleadores en su vínculo con sus empleados, extralimitándose en las obligaciones que constriñe y rige este vínculo jurídico entre ellos.

Pero volviendo – por un minuto – al inicio, quienes salen a criticar a la reforma laboral por considerarla que es perjudicial a los intereses de los trabajadores y a sus derechos adquiridos (que parecieran ser a esta altura de la vida como si fueran derechos inalienables, provenientes del derecho divino y por lo tanto insusceptibles de ser actualizados) no tienen en cuenta – insisto – que estamos en el Siglo 21 y que ya hace muchos años la Corte Suprema de Justicia de la Nación ha destacado en un emblemático leading case laboral que el carácter volitivo (de voluntad) y cognitivo (conocimiento) constituyen atributos de todo ser humano a cuya especie y condición por supuesto pertenecemos el trabajador.

Esto significa que nadie está voluntariamente obligado ni nadie no es lo suficientemente consciente de no consentir o acordar una relación jurídica que no quiere.

Con lo cual, salir a defender la posición de los trabajadores como si se trataran de personas carentes de estos atributos me parece – a esta altura de la modernidad – por lo menos extemporáneo y descalificador para el propio trabajador.

¿El trabajador piensa realmente como quienes hablan o se pronuncian en su representación? ¿Lo sienten o palpitan realmente?

Claramente la reforma laboral propicia algunas nuevas situaciones que – en lugar de mantener la rigidez de la vetusta ley de contrato de trabajo de la década del 70 – habilita al empresario o empleador a celebrar acuerdos individuales con el trabajador en función de la eficiencia de la organización. Pero – destaco – con el acuerdo del trabajador que además se encuentra resguardado por la figura del abuso de derecho y de la lesión subjetiva propia de cualquier rama y materia jurídica.

No debemos olvidar que la condición de empresario no es un título que viene llovido del cielo, no se nace empresario y en mucho de los casos que conozco es producto de años de lucha, de sacrificio, de desgaste emocional, de deterioro en la salud, de ausencia familiar, de no estar presente en los momentos que otros sí pueden estar presentes.

Y, en definitiva, desde otro lugar el empleador debe lidiar con las mismas o más vicisitudes con las que lidia el empleado o el colaborador: pago de impuestos (muchas veces distorsivos y desproporcionados), tasas municipales (muchas veces distorsivas y desproporcionadas).

Mucho se habla que la reforma laboral implicará una reducción a los fondos destinados a las cajas previsionales, que los jubilados cobrarán menos, y que los empresarios se quedan con la plusvalía. Pero, no se tiene en cuenta o no se considera que el empresario tiene un socio que no lo ayuda a pensar o a tomar decisiones, que no lo acompaña en sus tiempos de soledad, que no se despierta con él todas las mañanas, que no duerme mal como duerme él, y que no hace el esfuerzo que hace él pero al que una vez por año debe participarlo con el 35 % de sus ganancias, y que si te pasaste unos días en el pago, no hay espacio para el debate procesal (como un juicio laboral) sino que lo ejecutan y le embargan las cuentas.

En conclusión, creo que se ha hablado muchísimo durante estos días de los derechos adquiridos de los trabajadores como si fueran derechos naturales, personalísimos e inalienables, pero el vínculo laboral no dejar de ser una relación jurídica – entre otras que se entablan en una sociedad civil – y que sufren como otras relaciones jurídicas (civiles, comerciales, etcétera) 3 cambios, porque la naturaleza humana misma va evolucionando, porque el mundo ha ido cambiando, porque la tipología de trabajo ha ido mutando.

Y si la realidad social que inspiró al espíritu de la antigua ley de contrato de trabajo se ha ido modificando (porque las actividades empresariales, los tipos de servicios, la incorporación de las tecnologías ha mutado y han cambiado) ¿debemos permanecer en la perenne, imperecedera, y perpetua relación de trabajo del año 1974?

Me parece que levantar solamente la bandera del empleado y estigmatizar la figura del empresario como se viene haciendo no constituye más que un retroceso.

martin.castellet@estudiocastellet.com

www.estudiocastellet.com

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